Hay lugares donde el futuro de una niña está escrito antes incluso de aprender a leer.
En la región de Kolda, muchas niñas crecen sabiendo que, demasiado pronto, dejarán de ser niñas. Aunque los matrimonios y embarazos precoces están prohibidos, siguen ocurriendo. A veces en silencio, a veces como tradición. A veces porque no hay otra alternativa.
La cuestión es que las infancias se acortan y por tanto, las opciones también.
Nosotras, las Escolapias, nos hicimos una pregunta sencilla y enorme a la vez:
¿Y si el cambio empieza antes?
Por eso este año hemos abierto una pequeña escuela infantil. La única “maternelle” del pueblo. Un primer espacio donde los niños y niñas pueden descubrir, jugar, aprender… y empezar a imaginar otra vida posible.
Gracias a una primera recaudación, conseguimos construir el edificio. Y algo está pasando.
Los niños vienen.
Se quedan.
Se ilusionan.
Aprenden a mirar el mundo con curiosidad. Y empiezan a pedir más.
Esos mismos niños y niñas serán quienes, mañana, pidan a sus familias seguir estudiando. Quienes abran grietas en costumbres muy arraigadas. Quienes, poco a poco, puedan cambiar una historia que parecía inamovible.
Pero ahora estamos en ese punto delicado donde todo puede avanzar… o quedarse a medias.
Aún faltan cosas básicas para que las aulas funcionen como deberían: mesas, armarios, material escolar.
Y hay algo más grande en el horizonte:
poder ofrecer educación primaria.
Las familias ya nos lo están pidiendo.
El terreno lo tenemos.
La necesidad es evidente.
Solo nos faltan los medios para construir nuevas aulas y permitir que estos niños y niñas continúen su educación año tras año. Clase a clase. Paso a paso.
Porque aquí no se trata solo de levantar paredes.
Se trata de abrir caminos donde antes no los había.
De alargar la infancia.
De ofrecer elección donde antes solo había destino.
Cada aportación es una mesa donde alguien se sienta a aprender.
Una clase que se construye.
Una niña que gana tiempo.
Y, con suerte, una vida que cambia de dirección.



