Ayúdame a volver a vivir

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Hola. Soy Karen Monserrat, tengo 23 años
Y quiero pedirte un favor, y déjame te cuento por que

¿Qué harían si les dijera que, de un día para otro, su vida puede cambiar por completo? ¿Y que al día siguiente, su única misión sería pelear con todas sus fuerzas… solo por seguir con vida?

Hace tres años, mi vida era muy diferente. Todo comenzó con síntomas pequeños, casi imperceptibles, que con el tiempo se convirtieron en una pesadilla. Un día, colapsé. Me enteré de que mis riñones habían perdido por completo su funcionalidad. Efectivamente, era insuficiencia renal terminal. Mis riñones, ese órgano tan vital, habían dejado de funcionar, y con ello, llegaron más complicaciones: mi corazón, mis ojos… todo se vio afectado por la presión arterial descontrolada, la mala oxigenación y las consecuencias de perder algo que siempre dimos por sentado.

Pero, ¿saben? Cuando piensas que nada puede estar peor, la vida te pone a prueba una vez más. En medio de mi lucha contra esta enfermedad, contraje un síndrome letal llamado Guillain-Barré, que paraliza tu cuerpo poco a poco y deja daños irreversibles. Gracias a Dios, se detectó a tiempo… aunque, en teoría, no lo suficiente. Perdí la movilidad de mi cara. Así es, parálisis facial, otro daño irreversible.

Y aún había más. Mientras lidiaba con esto, cambié de diálisis manual a diálisis en máquina, y durante ese proceso, contraje una infección en el peritoneo: una peritonitis. Una vez más, mi vida pendía de un hilo. Comencé a tener colapsos breves, perdía el control de mis piernas y caía al suelo, acompañada de ataques de pánico e infecciones. Todo parecía estar en mi contra.

Para salvarme, los médicos tuvieron que administrarme un antibiótico muy agresivo. Y, como consecuencia, perdí el oído. Así es… también soy sorda. Es doloroso pensar en todo lo que he tenido que dejar atrás, en los sueños que tuve que pausar, en la vida que una vez conocí.

Pero aún así… no me rendí.

Hoy me encuentro aquí, contando mi historia, porque quiero pedirles ayuda. Después de todo, hubo algo que nunca se perdió: la esperanza. Gracias a mi familia, a mis amigos —a esas personas que conoces en medio de la tormenta y que deciden quedarse a tu lado—, y especialmente a mi mamá, que nunca soltó mi mano, mi calidad de vida mejoró un poco. Y ahora, hemos conseguido ver la luz al final del túnel.

Mi mamá, con un amor que solo una madre puede dar, me regalará lo más preciado de su cuerpo: un riñón. Un trasplante que significa una segunda oportunidad para mí.

Sin embargo, este proceso no es fácil… y es extremadamente costoso. Esta enfermedad, además de mortal, es económicamente devastadora. Los pasajes, las comidas, los estudios, los medicamentos… todo lo que hemos tenido que enfrentar en estos tres años de hospitales y tratamientos, ha consumido nuestros recursos.

Vivimos en el Estado de México, y los trasplantes solo se realizan en la Unidad Médica Nacional La Raza, en la Ciudad de México. Las condiciones para el post-trasplante son muy específicas: necesitamos un ambiente completamente estéril durante 100 días. Eso significa adaptar el departamento que rentamos, que no es muy grande, dividir uno de los cuartos y crear un espacio con las condiciones necesarias para mi recuperación y la de mi mamá, ya que los cuidados son para ambas.

Por eso hoy, con el corazón en la mano, quiero pedirles su ayuda. No solo para sobrevivir, sino para vivir. Para cumplir mis sueños, que son tan simples como poder despertar cada día con gratitud, abrazar a mi mamá, y construir un futuro lejos de los hospitales.

Cualquier apoyo, por pequeño que parezca, será un rayo de luz en este camino. Una muestra de que, incluso en los momentos más oscuros, la solidaridad humana puede hacer milagros.

Muchas gracias por escucharme, por no mirar hacia otro lado, y por permitirme confiar en que, juntos, podemos lograrlo.

¡Gracias!
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Karen Monserrat Reyes Huerta
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Juárez, Ciudad Nicolás Romero
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