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En 2019 recibí un diagnóstico que cambió mi vida: Keratoconus, una condición progresiva que, con el tiempo, puede arrebatar la vista de forma irreversible.
Desde ese momento comenzó una batalla larga. Consultas, tratamientos, altibajos… y, sobre todo, la incertidumbre de no saber si algún día mejoraría.
Fueron seis años de constancia, de no rendirme, de aferrarme a cada pequeña esperanza.
Hoy, puedo decir con orgullo que, después de tanta lucha, lo hemos conseguido.






