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Cada muerte se vive distinto, porque cada vida es distinta.
No experimentamos la propia muerte, pues no sabemos qué pasa cuando termina la vida; padecemos la muerte del otro, desde el impacto que tiene su ausencia en nuestro mundo. La profundidad de la relación con esa persona es proporcional al dolor que sentimos cuando nos enteramos que nunca la volveremos a ver.
La vivencia de la muerte no termina en el sepelio o la cremación. Tras el fallecimiento, después de comprobar la fragilidad de la vida, de enfrentarnos a nuestra propia mortalidad, comienza un proceso de re-estructura, una transformación de nuestra identidad.
La idea de contar tres funerales distintos surge de ser consciente de que en cada pérdida hay un dolor distinto. Que la edad, causa de muerte, cercanía también hacen que esa despedida no se viva como otras.
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Exequias recrea la atmósfera de tres funerales. Un ambiente tan único como la vida y la muerte del alma que se despide:
En Última cena, se vive el juicio silencioso de Claudia a su nieto, la confusión de Mariana, la lástima hacia Mario y la culpa que él siente por la muerte de Lorena. En Crisantemos para uno, el tabú y los prejuicios por el suicidio de Paulina, además del morbo por el estado de Miguel, acompañan a los profesores; mientras Fernanda y Pablo asimilan que no volverán a ver a su amiga, el pensar en Miguel los enfrenta con su propia existencia; la familia no para de rezar por el alma de Paulina, preguntándose en qué fallaron. El Anfitrión, contiene el enojo al recibir las condolencias de las personas que lo acompañan en la sobria tertulia. Santiago Sotomayor, vive la negación por la pérdida de su amada madre, al no haber tenido una despedida.


