- L
- M
¡Hola!
Somos Karla y Libertad, un matrimonio joven, con apenas año y medio de haber comenzado a construir una sencilla y hermosa vida juntas.
Nuestra historia ha estado llena de amor y cuidado mutuo pero también de mucho esfuerzo. Ambas somos profesionistas independientes y navegamos entre temporadas altas y bajas.
Con mucho sacrificio planeamos una boda chiquita pero llena de gente muy querida y de detalles únicos que nosotras mismas preparamos. Nos hubiera encantado poder culminar nuestra celebración con la Luna de Miel de nuestros sueños, pero nuestra economía no podía sostenerlo, así que decidimos ahorrar para alcanzar ese sueño.
Esa era nuestra realidad hasta que de repente nos cambió la vida cuando hace aproximadamente un mes fuimos privadas ilegalmente de la libertad en el estado de Michoacán por un comando armado de al menos 18 integrantes.
Viniendo de regreso de la CDMX, a bordo de nuestro vehículo alrededor de las 4 p.m. y acompañadas de nuestras dos perritas, nos encontramos con un retén que a primera vista lucía como cualquier otro. Nos pidieron que nos orilláramos y al hacerlo nos abrieron las puertas y nos indicaron que debíamos bajarnos. Inmediatamente nos separaron una de la otra por varios metros y a partir de ahí no pudimos comunicarnos ni entre nosotras ni a través de nuestros celulares, ya que nos habían solicitado dejar todo en el carro.
A partir de ahí comenzaron a amedrentarnos con el pretexto de que nuestro vehículo estaba involucrado en un delito con el propósito de que les diéramos una cantidad excesiva de dinero. Cada una lidiaba con alrededor de 4 a 6 elementos armados que iban y venían reforzando el discurso de que estábamos en graves problemas, que consideráramos cuánto valía nuestra vida, nuestra libertad; que si algo nos sucedía nadie se enteraría porque estábamos en medio de la nada. Insistían en que esa noche no la pasaríamos en casa y que a nuestras perras quién sabe qué les pasaría.
Mientras esto sucedía y desde el momento en el que nos bajamos del vehículo, varios elementos descargaban nuestras maletas y los artículos que transportábamos incluyendo nuestros bolsos personales. Tomaron nuestras carteras, fotografiaron nuestras tarjetas bancarias e identificaciones y finalmente tomaron nuestros celulares. Nos ordenaron darles acceso a través de nuestras huellas digitales, ingresaron a nuestras fotografías para corroborar que realmente fuéramos esposas y nos interrogaron sobre algunos amigos y familiares que aparecían en ellas.
Al final, accedieron a nuestras aplicaciones bancarias y ellos mismos se transfirieron $200,000.00 hacia diversos destinatarios, esta cantidad la reunieron accediendo a nuestros ahorros (que no eran muchos) y solicitando una fuerte disposición de efectivo de nuestra tarjeta de crédito. Autorizamos estas transacciones únicamente posicionando nuestra huella digital cuando se nos solicitaba. Lo hicimos porque temíamos por nuestra seguridad y la de nuestras mascotas. En ese punto, incluso temíamos que pudieran contactar a alguno de nuestros familiares para extorsionarlos también.
Luego de vaciarnos las cuentas y llevar al límite nuestras líneas de crédito, nos obligaron a esperar en silencio a que llamaran sus cómplices para confirmar la recepción del dinero. Una vez que tuvieron el dinero en su poder nos dejaron ir, no sin antes amenazarnos con que, si cancelábamos las transferencias o denunciábamos nos iban a mandar al cártel. Apagaron nuestros celulares, los guardaron en la cajuela, cargamos nuestro equipaje y nos indicaron que debíamos manejar sin parar hasta llegar a nuestra casa.
Tras arrancar y salir del momento de pánico, decidimos desobedecer: nos detuvimos en la primera caseta, encendimos celulares, nos comunicamos con familiares y por supuesto, denunciamos. Hemos continuado el proceso bancario y ratificado la denuncia judicial sin obtener ningún éxito.
Nos sentimos profundamente agradecidas de haber podido salir juntas de esta pesadilla, de estar vivas, físicamente ilesas y rodeadas de nuestra querida familia. Y aunque no nos arrepentimos de haber cooperado hasta el final, ha sido muy fuerte ver cómo se fueron nuestros ahorros y al mismo tiempo adquirimos una deuda inmensa que no solo nos impide disfrutar el fruto de nuestro trabajo sino que también nos mete en serios problemas económicos.
A este punto hemos agotado el proceso derivado de la denuncia y el banco nos responde lo esperado: No pueden ayudarnos. Al nosotras haber autorizado las transacciones vía huella digital, la única manera de recuperar ese dinero es si la persona beneficiaria accediera a regresarlo. Nos hemos asesorado ya legalmente y concluimos que nuestra familia no está en condiciones de afrontar un juicio que, además de exigirnos una inversión económica que no tenemos, lo haríamos sabiendo que en el mejor de los casos nos ayudaría sólo a recuperar un porcentaje insuficiente de la cantidad que ‘perdimos’. Al día de hoy, debido a lo sucedido y a compromisos previos, hemos tenido que comenzar a pagar la deuda adquirida pidiendo más créditos; sin ahorros para recuperarnos, atender nuestra salud o siquiera pensar en ese viaje tan soñado y merecido.
Después de mucho pensarlo y discutirlo entre nosotras y nuestro círculo cercano, decidimos recurrir a esta opción porque ni el sistema bancario ni el judicial han podido a hacer nada.
Hoy recurrimos a nuestra comunidad con la esperanza de transformar este evento doloroso en una historia de solidaridad. Sabemos que recuperar esa cantidad va a ser difícil, pero a estas alturas, solo nos queda soñar que quizá con mucha buena voluntad, es posible.
Los fondos que reunamos se usarán para pagar la deuda adquirida y (si los intereses nos lo permiten) comenzar de nuevo nuestro ahorro familiar.
Sabemos que no podemos deshacer lo sucedido, pero sabemos que con su apoyo podremos aliviar el peso que dejó. Cada gesto de apoyo nos ayuda a recuperar un poco de tranquilidad y nos recuerda que incluso en la adversidad puede nacer algo hermoso.

