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Cuando adopté a Némesis a principios de este año, jamás imaginé el camino tan duro que íbamos a recorrer juntos. Él llegó a mí con una mirada rota, cargando cicatrices invisibles del maltrato que había sufrido. Su cuerpo estaba debilitado por la leishmania, y su espíritu, apagado por el abandono.
Al principio pensé que con cariño, cuidados y paciencia lograríamos superar todo. Pero pronto aparecieron señales alarmantes: Némesis empezó a atacarse a sí mismo, como si el dolor del pasado lo persiguiera sin descanso. Ver cómo se hacía daño fue desgarrador; sentí que se me rompía el alma al no poder darle paz.
Con el corazón en la mano decidí ingresarlo en un centro de rehabilitación en Málaga, donde especialistas lo ayudan a luchar contra su enfermedad y a sanar su mente y su confianza. Allí está recibiendo la atención que merece, pero el precio de su recuperación es altísimo, y mantener los tratamientos se ha vuelto un desafío enorme para mí.
Némesis no es solo un perro, es un guerrero que, pese a todo, quiere vivir. Cada pequeño avance suyo es una esperanza, un recordatorio de que vale la pena luchar por él. No quiero que su historia termine marcada solo por el dolor: quiero que sea una historia de renacimiento y de segundas oportunidades



