Una bocanada para otro grito de libertad

ACTUALIZACION ENERO 2022

Texto por ANA MARIA MATUTE

Medicamentos vencidos

Estoy en este viaje sin conocer la ruta. Es lo que nos pasa a todos los que en un momento de la vida nos encontramos con un diagnóstico de cáncer. Yo por lo menos desde el inicio de la odisea supe el destino, mi total curación. Pero la incertidumbre es el camino, porque nunca está claro, aunque es obvio que habrá obstáculos, desvíos o retrasos.

Es una épica griega para cada uno que lucha contra esta enfermedad. Yo no la quiero en mis pulmones ni en ninguna parte de mi cuerpo. Yo estoy convencida de que tengo todavía mucho por hacer y por ver y por eso trabajo por todos los medios para superar este escollo que me ha puesto la vida. Pero hay grandes monstruos que se levantan cada cierto tiempo en el camino, sobre todo si estás en un país como Venezuela.

Desde 2019, cuando me diagnosticaron, entendí que se trata de la manera como Dios concibió para enseñarme paciencia, lo que menos tengo en la vida; pero también para demostrarme que no es malo pedir ayuda, no es un signo de debilidad reconocer que no se puede solo. He necesitado mucha, muchísima ayuda. Y la he conseguido. Gracias.

Asimilar el trabajo que debe hacer mi cuerpo con el que debe hacer mi mente ha sido un proceso bastante difícil, pero los resultados son tan visibles que me estimulan a seguir. Eso, en lo que respecta a mi esfuerzo, a mi trabajo personal.

Pero lamentablemente hay cosas que no dependen de mí.

II

Desde que comencé con la quimioterapia he tenido que agregar la angustia de conseguir los medicamentos en un país en el que la salud no está garantizada ni para recuperarse de una simple gripe.

Cotizo en el Seguro Social desde que comencé a trabajar a los 21 años de edad. Se supone que por derecho me toca la asistencia de los fármacos de alto costo, que al fin y al cabo salen del dinero que me gané durante más de 30 años.

En la última sesión de quimioterapia de 2021 el médico se dio cuenta de que uno de los fármacos estaba vencido, y no pudo ponérmelo. Cuando me tocó regresar a la Farmacia de Alto Costo para retirar los de la próxima, me dijeron: “Eso es lo que nos está llegando, no tenemos más”. Es decir, desde mayo del año pasado me están administrando una quimioterapia vencida. Y yo me pregunto, ¿si estuviera al día no habría hecho ya el efecto de destruir el tumor?

Creo que no voy a llegar a saberlo nunca. No puedo comprar el medicamento afuera. La farmacia se llama de alto costo porque no hay bolsillo en Venezuela que pueda con ese gasto. No tengo ya fondos para cancelar el tratamiento que me ponen cada tres semanas. Esas son las cosas que no dependen de mí, y por eso debo pedir una vez más ayuda.  

Son ya más de dos años con este tratamiento, que si bien ha detenido el crecimiento del tumor en mi pulmón derecho, no lo ha eliminado. Estoy dispuesta a insistir, a poner todo de mi parte. Pero este país no me da muchas opciones. Seguiré madrugando cada tres semanas para ir a retirar mis medicamentos, aunque sean vencidos. Sin embargo, necesito fondos para la administración de la quimio, y por eso debo rogarles que por favor me ayuden nuevamente a difundir mi campaña de Go Fund Me.

Mi odisea continúa, yo estoy dispuesta a sanar. Agradezco de corazón su ayuda. 

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Una bocanada para otro grito de libertad

Nadie lo nota hasta que le falta. Respirar es la traducción física de la vida. Y quien se aferra a la vida no encuentra obstáculos ni siquiera en la falta de aire.

Como una periodista que vive en Venezuela, en la peor de las circunstancias, Ana María Matute, mi tía y colega, ha asumido que su misión es hacer visible las atrocidades del chavismo. Por esa razón permaneció mucho tiempo trabajando en el periódico El Nacional, aun cuando es un medio que ha sufrido los peores ataques del régimen y mantiene sus puertas abiertas con el mayor de los sacrificios.

Ese sacrificio se extiende a su redacción, de la que Ana fue parte durante 16 años y que solo dejó cuando se dedicó a terminar la investigación hemerográfica para el documental Chavismo: la peste del siglo XXI.


Pero luego volvió al periódico para aportar su grano de arena en una de sus mayores transformaciones en los 75 años de historia que tiene. Dejó de ser papel porque no pudieron importarlo más. Ana se sintió con la obligación de no dejar que muriera del todo, a pesar de que no podía vivir con el sueldo que le pagaban. Era una obligación moral que se impuso.

Ni siquiera cuando comenzó a sentir que se ahogaba, dejó de ir a trabajar. Los grandes apagones que afectaron Caracas deterioraron aún más las instalaciones de la sede, pero Ana se empeñaba en subir los tres pisos para llegar a su puesto en la redacción. No podía dar un paso sin que le faltara el aire. No abandonó su puesto ni su equipo de reporteros sino cuando se hizo evidente que su pulmón derecho estaba completamente colapsado.

Ana, así lo creemos todos los que la queremos, es un milagro viviente salido de las manos de los médicos venezolanos que, como ella, aún luchan por ejercer su profesión con uñas y dientes. Reunió dinero y se hizo varios exámenes médicos.

Los exámenes revelaron que tenía un derrame pleural derecho que ocupaba todo el hemitórax. Un antiguo compañero de liceo de sus hermanos, neumonólogo de profesión, le hizo una toracocentesis diagnóstica y terapéutica junto con un anestesiólogo que tampoco cobró honorarios.

En ese procedimiento aprovecharon para hacerle una biopsia del pulmón, para averiguar el origen del derrame, pero Ana hizo un neumotórax que le comprometió hasta el abdomen superior.

Había que correr. Y cuando digo que Ana es un milagro viviente es porque llegó a un hospital público en el que le pusieron un tubo de tórax. Le drenaron el líquido, pero también se contagió con una neumonía. No fue culpa de los médicos, ocurre que ese centro de salud, como todos en Venezuela, presenta terribles condiciones de salubridad.

Pese a esas condiciones, Ana permaneció 26 días en el hospital donde, finalmente, le confirmaron que tiene cáncer de pulmón, estadio IV con metástasis a pleura. Su reacción inicial y es la actitud que ha mantenido hasta ahora, es que ella, y todos, su alrededor, haremos lo imposible por salvar su vida, aunque ella, como periodista, sabe que los medicamentos no se consiguen y que, además, para comprarlos afuera hace falta mucho dinero.


“Nunca pensé en que moriría. Mi preocupación era conseguir el tratamiento para sacar esto de mi pulmón”, nos ha dicho Ana muchas veces. Lleva seis meses de tratamiento con Erlotinib y ha progresado bien, pero ahora debe someterse a quimioterapia. Ha buscado por más de un mes los medicamentos y no los consigue. En las farmacias del Gobierno le dicen: “Tienen tiempo sin llegar”.



Ha recibido ayuda, mucha. Ha recibido amor, mucho. Y Ana agradece a todos y cada uno de los que le han hecho aportes desinteresadamente para que ella pueda superar esta prueba. Pero lamentablemente necesita más, y por eso debe acudir a esta plataforma para llegarle a más personas.

Las sesiones de quimio que Ana necesita, los exámenes de seguimiento que debe hacerse y las evaluaciones periódicas con su médico especialista suman 15 mil dólares que no tenemos, pero que esperamos reunir con su aporte y ayuda. La situación con la emergencia del novel coronavirus y la condición de Ana, nos obliga a realizar este tratamiento en una clínica privada con el menor riesgo sanitario posible, lo cual no está garantizado en el sistema de salud público. También debemos importar de forma independiente algunos de los medicamentos para Ana ya que no están disponibles en Venezuela.



Ana María Matute no ha dejado de trabajar, no ha dejado de escribir, no ha dejado de denunciar las aberraciones del régimen criminal que aun impera en Venezuela. Su mayor deseo es poder decirle al mundo que tanto Venezuela como ella superaron la mayor de las pestes. 

Gracias en nombre de la familia Matute.

Ángel Matute.


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