COVID19:Emergencia alimentaria en Uganda

Me llamo Sandra Estévez y soy médica de familia. En Galicia tengo mi primer hogar, y desde hace varios años vivo y trabajo en Barcelona, mi casa de acogida. Me ha tocado vivir la pandemia de COVID-19 en el ámbito personal, lejos de mi familia, y también en el laboral, con el coronavirus bien cerca. Además, hace un tiempo que mi interés por África me llevó a Uganda, donde he establecido vínculos personales y emocionales, y donde la vida me construyó rápidamente un tercer hogar y otra familia, que visito con cierta frecuencia.
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Con base en una ciudad del mundo desarrollado pero con el corazón puesto en un país de África subsahariana, tengo una visión bastante amplia de cómo esta crisis golpea en dos sociedades bien distintas. 

Uganda es uno de los países más pobres de África. Destaca por ser uno de los países con la población más joven del mundo, con una media de edad de 15 años y una esperanza de vida de 60-65 años.  Consiguió su independencia tras la invasión británica en 1962, heredando de aquella época la conducción por la izquierda y el inglés como lengua oficial, aunque sólo las personas alfabetizadas lo hablan. El estrato más pobre de la población no tiene acceso a la educación y la mayoría vive de trabajos informales, fundamentalmente, de la venta a pie de calle, en los semáforos o en los mercados, y de servicios básicos, como la peluquería, la restauración o el transporte. Habitualmente, el ugandés medio come cada día gracias al dinero que consiguió el día anterior. Son comunes las casas en que no hay agua corriente, ni nevera, así que suelen comprar productos frescos a diario. La mayoría no tiene ahorros ni ningún tipo de seguridad social. Tienen un sistema sanitario muy frágil, con importantes carencias, tanto de recursos materiales como humanos. 

La sociedad ugandesa conoce bien lo que son las enfermedades infecciosas: malaria, cólera, VIH, sarampión, tuberculosis, ébola… son allí actores bien conocidos. Por eso, a pesar de la escasez de recursos, nos llevan mucha ventaja en cuanto a control de epidemias y tienen una red de detección de casos y contactos mucho más entrenada que la nuestra. Tras el estallido de la crisis del coronavirus en Italia y España, Uganda cerró sus fronteras, incluso cuando todavía no se había declarado ningún caso en su territorio. Hasta el día de hoy, se han declarado 1013 casos confirmados y ninguna muerte directa. Podríamos pensar que la situación es buena, de momento la crisis sanitaria parece bajo control. Un mínimo descontrol allí puede ser devastador. Pero la situación económica y social es alarmante.

El gobierno ugandés decretó el 1 de abril uno de los confinamientos más estrictos y prolongados del mundo, que sigue vigente más de tres meses después en muchos distritos del país. Prohibió la circulación de vehículos privados y el transporte público, se cerraron todos los locales a excepción de hospitales, farmacias, bancos y mercados de comida. Los vendedores de los mercados están obligados a quedarse a dormir en sus puestos, ya que el traslado a sus domicilios está prohibido. Todo esto ha provocado el cierre de muchos mercados y la multiplicación del precio de los alimentos descontroladamente. El presidente dejó claro desde el principio que estaba muy determinado a que las medidas se cumplieran, autorizando a la policía y al ejército, que patrulla las calles de pueblos y ciudades, a infligir castigo físico e incluso disparar a quien intente violar las normas o protestar.

Todo esto ha sumido a la mayoría de los ugandeses, dependientes de sus ingresos diarios para poder comer, en una crisis social, económica y alimentaria sin precedentes en las últimas décadas. 

La mayoría de la población no tiene nada para comer después de tantas semanas sin trabajo. Están asustados, incrédulos y desesperados. Les preocupa el coronavirus, sí, pero lo que no les deja dormir ahora son la despensa y el estómago vacíos.  Todavía no hay una fecha prevista de desconfinamiento, y aun cuando éste se produzca y la población pueda volver al trabajo, les va a costar mucho remontar.

Aprovechando mis contactos locales en el distrito de Hoima, he iniciado una campaña de envío directo de dinero a familias concretas que lo necesitan de manera emergente. Hasta ahora hemos ayudado más de 50 familias, todas ellas con hijos a su cargo, enviándoles dinero de manera directa e inmediata a sus cuentas de dinero móvil. Todas las personas que lo han recibido, sin excepción, tras agradecerlo inmensamente, han corrido al mercado a comprar comida. Cualquier ayuda económica será muy agradecida y bien usada.
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Con 100 euros una familia puede alimentarse y comprar medicamentos durante 1-2 semanas. En este momento el precio de la comida es equiparable o incluso mayor al coste en España. Por eso, con 5000 euros podríamos darles apoyo durante ese periodo a todas las familias que cada día siguen buscando comida, sin respuesta por parte de su gobierno, que además ha prohibido el reparto de alimentos a las ONG locales. 

Para más información y contacto: https://ayudaparadaniel.wordpress.com/


GRACIAS, en nombre de cada uno de ellos

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